El primer acto importante que realiza la Artesana, tras su nacimiento, es comprar un piano. Que este piano no era únicamente para el jolgorio, es elemental. Los bailes estaban rigurosamente prohibidos y tampoco parece, dada la composición social, que fuera únicamente para interpretar a Beethoven o a Bach.

Lo que sabemos seguro es que, el 31 de diciembre de 1871 la Junta Directiva de la Unión Artesana acordó adquirir un piano “cuya necesidad imperiosa se dejaba sentir”, frase literal de un documento de la época. El piano se compró en la casa Aguirre de Ibarra y su importe ascendió a 4.150 reales. Habida cuenta de que los ingresos por concepto de cuotas no excedían de 500 reales mensuales, se abrió una suscripción entre los socios y se recaudaron 1.762 reales. Como con lo recaudado no se alcanzaba el precio que valía, un socio benemérito, don Manuel Zubillaga, adelantó el resto, importe que se devolvió a razón de 25 pesetas al mes, hasta cancelar el préstamo.

Nos produce satisfacción pensar que quizá Sarriegui, quien fue socio de la Unión Artesana, antes de alcanzar su gloria, ensayó algunas de sus hermosas composiciones de música popular en este piano. Lo que no cabe duda es que este instrumento se cargó de historia y, por supuesto, de sinsabores. No sólo porque, aunque maltrecho, se conservó en uso hasta la década de los 20, en la que se dio paso a otro similar, sino porque, como veremos, la historia y los socios de la Artesana lo sometieron a una febril actividad. 

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